Wednesday, 7 October 2015

Una visión de la que nació mi odio...





Esta es una de esas veces en las que el simple esbozo de una idea o de una opinión pasajera, de ésas que nacen de la mano de una visión escueta del momento, se encalla dentro del sentimiento del individuo y pasa a convertirse en una necesidad íntima y vital, dando lugar a una sensación de compromiso por hacerla llegar al resto y dejando una huella imborrable tan hondamente grabada que se convierte de pronto en parte de la forma de ser y pensar de aquél a quien impacta. 


Hablo de corazón cuando digo que he sufrido semejante transformación al adentrarme en la selva cercana al lugar dónde ahora mismo vivo, en plena Riviera Maya, porque vivo aquí señores. Me siento parte de esta basta masa verde que late y respira a cada instante, que cuida celosa de sus misterios y tesoros y la cual se hace temible a cada crujido o estruendo potente que sacude mi alma. Alma que quedará aquí, en sus ríos y cuevas, alma que pasara a ser parte de ese rumor que nace del vierto que mece los árboles y transporta ligero el saber y la magia de un lugar único. Alma que será selva; selva que ya es alma.

Es por ello que de tomar una simple foto (algo ridículo para compartir con todos vosotros en las redes sociales) he pasado a sentir una vergüenza y un asco atroces creciendo de manera oscura dentro de mí, absorbiendo todo lo fútil del instante para escupir con una fuerza violenta una realidad demoledora que ha sacudido todo mi ser. He podido sentirme como un flan atravesado por un rayo fulminante al apartar mi vista del objetivo de la cámara y observar de manera real, sin barreras tecnológicas que aturdan sentidos y roben la esencia del momento, cómo ante mí se abría una brecha de tierra que partía en dos, como un tajo sucio y profundo, lo que metros atrás era selva profunda. Un lugar cargado de vida desde los más profundo del suelo hasta la más alta de las copas de los árboles, destrozado; un universo verde y reluciente que se corta de golpe, dando paso a un cementerio de piedras, troncos e incluso esos animales y plantas que no pudieron huir de semejante salvajismo.

El por qué de esta atrocidad responde una vez más a la más asquerosa y podrida razón que puede mover al hombre a preferir la desaparición de su mundo en lugar de su conservación: la avaricia. Ese afán de atesorar riqueza y situarse en una posición de poder que permita a quien la ostente el ser dueño del destino de todo aquéllo que la sombra de su miserable mano abarque, llega a veces hasta un punto desorbitado dando lugar a la total destrucción de la vida en pos de sus más oscuros e interesados fines. Y es precisamente eso lo que aquí trato de trasmitir, de hacer llegar a vosotros de una manera cercana y sincera, que ha nacido una sensación que ha enraizado en mí de manera radical: odio. Odio hacia este tipo de demostración de fuerza absurda y cobarde; odio hacia el negocio que especula a las espaldas de aquellas gentes a las que roba, a la que expropia sus tierras engañándolos de la manera más ruin de la que es adalid; odio hacia el que colabora, al que a la luz pública esconde su vileza y con una boquita pequeña y un “NO” falso trata de esconder el hedor de su verdadera motivación, esa que le lleva a cerrar tratos agazapado tras la puerta de su despacho y ve crecer su nómina con un dinero bañado en sangre; odio hacia el que no ve tras el roído velo que utilizan los grandes resorts hoteleros para tapar este crimen y no se escandaliza al ver su mundo, su futuro y su vida siendo arrasados por la maquinaria de unos monstruos que nos manipulan...
Odio, enserio, lo siento hacerse grande dentro de mí y carcomer mis entraña, pues amo toda la belleza que ellos destrozan con su maquinaria y su misera política ; amo las tradiciones y culturas que sepultan bajo sus grandes muros de la vergüenza; amo la vida que muere sin voz bajo el estridente ruido de muerte que acompaña a sus pasos... por ello y ante la impotencia de ver cómo esa negrura envuelve irremediablemente mi ser, tras ver que tampoco su vil empresa parece tener freno, he decido canalizar ese odio y dirigirlo, darle un uso que valga de azote y haga que se estremezcan sus almas como ya pasó con la mía. 
Hoy utilicé la palabra...

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