Friday, 25 September 2015

De nada vale quejarse...


Hace algunas fechas escribí un artículo en el que intentaba reflejar la motivación que nos mueve a escribir en este blog. Sin andarme con rodeos y para dejar constancia del esfuerzo que suponía cada línea que escribimos, titulé a ese artículo “Escribir con el corazón”. No era un recurso facilón para darle un cáliz poético al escrito, no, lo hacemos realmente de ese modo. Un sentimiento íntimo plasmado en cada palabra que rebuscamos en nuestras maltrechas cabecitas, un verdadero intento de llevar a cabo “un todo o nada” en nuestra tarea dejándonos en ella parte de nosotros mismos.
Bien, basándome en esa premisa escribo este artículo de hoy y lo hago porque es lo que siento en este momento y necesito sacarlo de mí, compartirlo o simplemente hacer la mangutada de creer que en algún lado hay algún triste capullín aburrido leyéndolo. Ahí va...

Un día duro, sin duda lo fue y por ello se me escapan los chasquidos de lengua y las onomatopeyas mal intencionadas de un modo tan fácil como pedos en el borde al agacharse. Odio este tipo de días, para que andarnos con remilgos si es la puñetera verdad; soy un condenado vago, me dolía levantarme a por el mando de la tele ¿no me va a doler tener que pegarme el madrugón, desayunar a base de agua amarga (café le llaman) y tortillas por enésimo día y pasarme toda la santa mañana tirando y picando piedras, cargando y descargando carretillas -con más piedra- y voltear con ayuda de un triste palo una piedra de 600kg tras otra? Joder, claro que duele, y mucho.

No es el primer día que escribo en mi roído y mugriento diario de viaje hojas de reclamaciones sin nadie que las atienda, ya llevo una cuantas escritas.Y este detalle me empieza a esclarecer el por qué. La cuestión real por la que lo gasto tinta y gran parte de mi aliento en farfullar maldiciones en voz baja es tan sencilla que se escondía justo en la punta de mi nariz: soy un vago de mierda que disfruta con los quehaceres diarios de un vago de mierda, como puede ser: rascarme los huevos con la mano derecha (siempre uso esta mano para este tipo de cosas; ésta llega a lugares donde la otra inútil no alcanza y, además, ella sí que sabe alcanzarlos) mientras con la izquierda agarro un delicioso y grasiento bollo (¿veis?, para esto utilizo a esta; jamás la utilicé para nada más exigente, ni siquiera para acariciarme las pestañas) en esas tardes de fumada gloriosa hundido en el sofá. Por este tipo de cosas debería darme cuenta de lo perro que he sido toda mi vida y de lo perro que me gustaría seguir siendo, pero no se trata de darme cuenta o no de ello, ya lo sabía ¡por Dios! Llevo siendo vago desde el momento en que nací, no me moví ni un ápice de esa tranquila cavernita amniótica en la que flotaba como encurtido en salmuera ¿por qué iba a cambiar ahora? Vete a saber.

El caso es que soy vago quejica, un montón de carne flácida y quejica con un ombligo enorme en medio de toda su masa, un bastardo al que no le gusta moverse ni hacer nada o, al menos, moverse o hacer algo sin quejarse.

Con todo, a diario me levanto sin saber cómo para afrontar el día. Ya desde que amanece y el sol me fastidia el sueño empiezo a maldecir, “¡vete a la porra tú y tus rayos porculeros!”, en verdad, utilizo palabras peores, pero queda clara la situación ¿no? Me visto y ato la botas con semejantes farfulleos y agarro el pico, la pala o lo que puñetas agarre con la misma cara de perro que heredé de mi madre, esa en la que mis dos pobladas cejas parecen presionar la carne de mi entrecejo dibujando así unos pliegues de carne enrojecida; tremendo. Empiezo el trabajo y sigo con el mosqueo, y pienso:

¡Oh sí, ayudar! Una mierda... Pero, ayudar a que este proyecto crezca es, sin duda alguna lo que me ayuda a afrontar el día”

Y es así, y tal vez esto haya nacido al escribir la frase anterior (no sé), cuando me replanteo sí de verdad mereció la pena gastar tanto tiempo en gruñir, porque en el fondo esto es tan lindo... Es lindo saber que este esfuerzo -que a veces es inhumano- es la semilla del futuro de una Comunidad y que junto a la dedicación que me trajo aquí con la convicción más pura y noble de aportar es ejemplo y motivación para otros que llegarán dispuestos a sufrir lo mismo que yo por ver cumplida esa misión, ILUSIONA. Y la realidad a la que debo aferrarme no es “que moviendo de aquí a allí aquella enorme piedra inerte pero con cierta alma diabólica me desollé durante la operación”, sino que el hombre que me encomendó dicha tarea ve ALLÍ, en ese nuevo emplazamiento para la enorme piedra, su sueño tomando forma y que de esta manera se le dibuja en el rostro de la forma mas tonta una enorme sonrisa en la cara, lo cual me da aliento y me reconforta.

Es por eso último por lo que debo dejar de quejarme o, al menos, tragarme las quejas como haría con un chupito del peor whisky; dejar de hacerlo por qué esa sonrisa tan pura, tan real, y tan agradecida se agrande, se haga eterna en su rostro y no deje de brillar.



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