Saturday, 20 June 2015

Historias de nuestros abuelos


Desde mi llegada a Alemania mi vida ha sufrido muchos cambios. He vivido todo tipo de momentos irrepetibles, momentos que con el paso de los años seguirán candentes en el lomo de la memoria. Los ha habido de todo tipo, pero sin duda dos momentos me afectaron de una manera especial y aceleraron la planificación de los nuevos objetivos y fueron la base de una metamorfosis personal; la muerte de mis abuelas.


Yo estaba aquí en Holleben ajeno a cuanto pasaba lejos de mí, es difícil de explicar pero estar viviendo en este lugar me alejo tanto de los problemas que por momentos desconecté por completo de mi familia, mis amigos y de mi vida anterior por completo. Nada me afectaba de una forma especial, me sentía el único habitante de mi universo lejano y veía el resto de lo que un día fue mi vida como un punto amarillento a lo lejos, perdido en la nada. Si miraba en rededor no había más que un inmenso vacío donde el lamento y los problemas de otros no llegaban a escucharse; me fuí alejando paulatinamente más y más y más... Pero ésto cambió de repente.

Mis padres trataron de ocultarme (de forma pésima) la enfermedad de mis abuelas; Flora y Santiaga. Supongo que querían evitar que yo, tan lejos de casa y labrándome un buen futuro, tuviera una brecha en el buen transcurso de mi historia y pudiese peligrar aquéllo que tanto me había costado conseguir. Una idea malísima que en su momento detesté, me dio la dimensión real de mi error; lejos de mi familia había empezado a olvidarme de su existencia y estaba hundiéndome en un afán de olvido de todo cuanto formaba parte de mí. Mis dos abuelas se marchaban. El origen y sentido de las dos ramas de mi familia terminaban su misión de guía de manera súbita, ambas se fueron rápido y sin que nadie esperase lo esperado. Fue un palo para los que convivían con ellas el día a día y disfrutaron de su presencia mas que yo; pero para mi fue un puñal que si bien se me clavó dentro también sirvió para rasgar el velo de ceguera de mis ojos y darme cuenta de vivir en el lugar equivocado, lejos de mi verdadero universo, mi familia.
Esta historia no anda lejos de la realidad vivida por otras personas y/o familias. La vida se alarga demasiado y trae consigo el deterioro de la persona. La piel se seca, se arruga y amontona en pellejos colgantes de materia inerte, como si los músculos se hubiesen derretido y llenado así aquellas alforjas de pellejo. La mirada se vuelve acuosa y se marchita, se transmite con unos ojos el andar de toda una vida. El metabolismo se ralentiza acomodando a la persona en algún lugar que desconocemos, a la espera de ese final que a todos nos conoce.
Se nos van los abuelos, se nos va todo. Son la historia viva, la historia hecha carne, el origen de cuanto hoy vivimos. Sin ellos el futuro hubiera sido la más absoluta nada. No existen nuestros días ni nuestras vidas sin ellos. No hubiésemos conocido nada sin un sabio anciano transmitiendo saber. El saber arcaico de un anciano es el pilar de cuanto hoy vivimos. Las historias de una abuela que junto al umbral de su humilde casa nutren los corazones del mundo entero llenándolo todo de sentido, amor, respeto. La experiencia de un abuelo que vivió el horror de la guerra y luchó para que jamás nuestros ojos lo revivieran. Esos abuelos son la fuente de la vida, de nuestra vida, y que comparten con nosotros la sabiduría que portan en sus manos cansadas; las historias que hacen vibrar sus ojos son el comienzo de cada una de nuestras bocanadas de aire, alegrías, penas, de nuestras ganas y fuerzas. Sin ellos nada existiría. Cualquier anciano sentado en un banco, cualquier anciana preparando un guiso, cualquiera es la imagen del origen de nuestros días. Se ha perdido el respeto hacia ellos, el cariño por su cercanía y su bondad son cosas inútiles para los despegados seres de hoy día. Es triste ver como los tratamos, como nos olvidamos de su importancia...
Cuando una persona mayor parte lo hace llevándose el coraje de toda una vida, la fuerza para afrontar lo largo del camino y la historia de la que eran adalides. Cuando se marchan lo hacen con sus historias, las mismas que, sentados ellos en su viejo sofá, nos hacían imaginar un mundo puro, un mundo en constante cambio, un mundo desconocido. Sus historias han dado forma a las nuestras. Tenían siempre una para cada instante ¿verdad? Los días en los que el cine era mudo y algo mágico, eran días de una extraña satisfacción ya extinta para nosotros. El olor de las calles con sus puestos de flores, comida, perfumes; el sonido de éstas con su gente de traje y sombrero; el sabor de la vida era dulce y embriagaba como nosotros jamás podremos imaginar. Cosas tan lindas... pero también el miedo forma parte de sus historias. El miedo a una sirena que anunciaba la llegada tronadora de la muerte; el descenso a oscuro Metro donde lloraban niños, gemían madres y faltaban padres. Las enfermedades que hoy nos suenan inofensivas mataban a miles. El hambre retorciendo estómagos. Y la imagen de un hombre enjuto con bigotillo cómico era la más temida por todos.
Todo esto y mucho más (siempre mucho más) también se va con ellos. Nosotros no somos conscientes pero perdemos por culpa del vendaval de su partida las hojas más importantes de nuestra historias. Nos freímos el cerebro frente a la televisión con la vida de personajes sin relevancia, con sus vidas de mierda y sus problemas con drogas y exnovios de plástico. Preferimos la caricia efímera y metálica de un aparato electrónico. Optamos por la ignorancia más absoluta de nuestro pasado y el desapego y desinterés por nuestro futuro. Nos condenamos sin saberlo. Construimos un mundo basura. Llenamos nuestras vidas con ella y rompemos así el compromiso con nuestros antepasados, con nuestra verdad, con nuestro futuro. Dejamos de vivir y adquirir experiencias y preferimos la ignorancia y el sedentarismo de una vida sin emociones, sin riesgos, sin cambio. No luchamos por nada, nada nos importa salvo nuestro ombligo. Vaciamos nuestras vidas del conocimiento y los valores necesarios para construir el futuro de nuestros hijos y nietos, rellenándolo con la ignorancia y la falta de humanidad con la que nos envenenan.
Así rompemos esa cadena, ese vínculo que comenzó con el primer anciano de legar a los jóvenes la experiencia para ayudar en su desarrollo. Dejamos de tener historias para fomentar y fortalecer a las generaciones venideras. Pasamos de ser una figura relevante e importante en el futuro, para convertirnos por medio del deterioro de la carne en un ser inútil y sin valor alguno. Por ésto y más (siempre más) recuerdo hoy a mis abuelos, en especial a Santiaga y Flora, porque han sido mi guía, porque moldearon mi ser y mis inquietudes con sus historias hasta el último momento (pese a no estar allí) y porque les debo el cambio necesario en mi vida para afrontar mi futuro.
Por todos los abuelos de imponente figura y por todas las abuelas de dulce trato, pido hoy a todo aquél que lea ésto que no permita que su legado desparezca con nuestra estupidez. El futuro se construye con las historias que dejemos a nuestros descendientes. Por eso os animo a comenzar el viaje, aquél que os aporte el saber y la experiencia necesaria para ser modelos a imitar. Os animo a ser como nuestros abuelos y a levantar el futuro con nuestras manos. Os animo a honrar su memoria, a no dejar que su esfuerzo caiga en el olvido. Os animo a comenzar ahora con el fin de transmitir más a ese niño que sentado sobre vuestros regazos pedirá más (siempre más) historias de los abuelos.
En memoria de los abuelos y abuelas que nos lo dieron todo.
En memoria de Santiaga y Flora.

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